Por Oscar Larach
En mis viajes como fotógrafo, he descubierto que la cámara no es un escudo, sino un puente. Al principio creía que la fotografía era cuestión de técnica, de saber medir la luz, calcular la exposición y esperar el instante decisivo. Pero con el tiempo entendí que lo esencial no está en el lente, sino en la relación con lo que tienes delante.
Lo que aprendí en el camino
En una ocasión, en Marruecos, me detuve en un mercado donde los colores y el bullicio parecían pedir ser fotografiados. La escena era perfecta: especias formando montañas de tonos intensos, vendedores llamando a gritos, niños corriendo entre los pasillos. Pero cada vez que levantaba la cámara, algo se apagaba. Las sonrisas se borraban, los gestos se endurecían.
Fue entonces cuando decidí guardarla. Pasé la tarde probando dátiles, aceptando té, escuchando historias que no entendía del todo, pero que sentía cercanas. Y al final del día, uno de los vendedores, con una sonrisa tímida, me pidió una foto con su familia. Fue en ese momento cuando comprendí que la fotografía más auténtica no se roba: se concede.
«La confianza no se gana con una cámara, sino con tiempo» — Oscar Larach
5 principios que me acompañan
- IR LIGERO, DE EQUIPAJE Y DE EGO
No viajo para demostrar lo que sé, sino para aprender lo que no conozco. Llevar poco en la mochila me recuerda que la verdadera riqueza está en lo que recibo de las personas. - PREGUNTAR CON LA MIRADA, NO CON LA LENTE
Antes de disparar, busco una señal, un gesto que me diga “está bien”. No siempre es un sí, y hay que saber aceptar el silencio como respuesta. - COMPARTIR EL INSTANTE
Tomar la foto no es el final: mostrarla, dejar que la persona se vea, escuchar su reacción, es parte de la experiencia. Ese momento compartido vale tanto como la imagen en sí. - RESPETAR LO INVISIBLE
Hay historias que no son tuyas para contar. Hay rituales, heridas y memorias que deben permanecer en el ámbito de quienes las viven. La ética está en saber qué no mostrar. - PONER A LA PERSONA POR ENCIMA DEL ESCENARIO
Una montaña, un templo o un paisaje pueden impresionar. Pero si al retratar a alguien no cuido su dignidad, entonces la imagen pierde todo valor.
Más allá de la foto
En Guatemala, en una aldea entre volcanes, pasé varios días conviviendo con una familia que apenas me conocía. La cámara estuvo siempre cerca, pero la usé poco. Me descubrí más interesado en aprender a moler maíz o en seguir el ritmo de una canción tocada en marimba.
Cuando finalmente hice un retrato, fue sencillo: un niño riendo con la cara manchada de ceniza. Esa imagen nunca se publicó, nunca se exhibió, porque entendí que no era mía. Era suya. Y así quedó, como un recuerdo compartido.
Fotografiar comunidades no es cazar imágenes, sino acompañar historias. Es tener la humildad de aceptar que el verdadero retrato lo llevan ellos en la memoria, no tú en tu portafolio.
Si alguien me pregunta qué busco con cada fotografía, respondo esto: que la persona retratada, al verse, sienta que no la capturé, sino que la honré.
— Oscar Larach


































